POBREZA
Y DESIGUALDAD SOCIAL
Hasta hace muy poco tiempo,
la pobreza y la desigualdad social en Tijuana no eran los temas más
sobresalientes en los estudios o investigaciones sociales fronterizos. Tampoco
eran los rasgos que podrían definir a una ciudad fronteriza con una historia
controvertida, pero también llena de dinamismo, símbolo de oportunidades y de
mejores niveles de bienestar social desde los inicios de su conformación
urbana. En realidad, es y ha sido ésta última visión la que a lo largo del tiempo
ha dominado la imagen de Tijuana, o más bien la imagen que de sí misma se ha
hecho la propia ciudad.
Las visiones que más se
acercan a su realidad, cuando mucho, la definen como una "ciudad de
contrastes", en crecimiento, joven y dinámica, receptiva a cientos de
migrantes que llegan buscando mejores condiciones de vida en la propia ciudad o
en los Estados Unidos. La pobreza o la desigualdad social casi no han sido
parte de su historia en el imaginario social, por el contrario, la
representación colectiva más común ha sido la de una plataforma para muchas
familias que huyen de la pobreza en sus lugares de origen. Quizá por eso mismo
Tijuana no ha podido ser vista como una ciudad con pobreza sino, más bien, como
una ciudad que ayuda a mitigarla o a resolverla. Sin embargo, más allá de las
visiones o imágenes que de la ciudad se han formado entre diversos sectores de
la sociedad, la pobreza y la desigualdad social siempre han estado ahí, a veces
menos visible que otras, pero siempre acompañando su proceso de crecimiento.
Algunos de estos rasgos en
su fisonomía social han provenido, justamente, de su vertiginoso crecimiento
demográfico que supera las capacidades de la ciudad para responder a
satisfactores básicos como vivienda, agua, educación, salud y otros no menos
importantes. En ese apresurado proceso de crecimiento se han formado varias
ciudades en su interior, unas más pobres que otras, que se alimentan de la
misma matriz urbana, de una misma historia de polarización e injusticia social
que, junto con todas sus bondades, también ha acompañado el proceso de
formación de Tijuana.
Los estragos de ese
crecimiento, producido en unas cuantas décadas, aparte de generar los
contrastes de la ciudad, también han contribuido a formar, en algunos, la
imagen de una ciudad precaria, empobrecida o abandonada, al lado de los
pequeños enclaves de riqueza y esplendor mercantil.
Así la observó, por ejemplo,
Ricardo Garibay a finales de la década de los setenta en un reportaje, del cual
citamos algunas de sus principales impresiones. Por ese entonces, el autor ve a
la ciudad como
(...)
una inmensidad color ladrillo tierno, por la tierra, y parda por las cacerías
(sic), y borrosa por el empedernido polvo. Una inmensidad de jacales y tugurios
que suben y bajan entre cerros y barrancos ardidos de sol y de sequía...Por el
norte, el oriente, el oeste y el sur, alineados jacales como ejércitos de
indigentes, equilibrándose sobre sus endebles patas de polines podridos, sobre
la suelta tierra roja. Las hileras de barracas, que no tienen cuenta, no tienen
fin, dejan entre sí espacios rectos, larguísimos, pedregosos, rojos y muy
anchos, y la distancia los alisa, y la gente los llama calles...No hay agua, no
hay luz, no hay drenaje, no hay pavimento, no hay aceras, no hay medios de
transporte colectivo, no hay lugares para la basura ni camiones que la recoja,
todas las gibas y las ardidas torrenteras son basureros a lo largo y ancho y
enano y hondo de los tropeles de jacales...no hay árboles, no hay flores, no
hay una brizna de pasto, no hay espacios para deporte ni para esparcimiento
ninguno, no hay ni hospitales ni clínicas ni siquiera cuartuchos con alcohol,
algodón y mertiolate...
Hay
algo vil en esta mezcla de pobreza campesina mexicana y huellas de tecnología
del otro lado: coches, antenas de televisión, lavadoras y refrigeradores en los
patios, bombas descompuestas para subir el agua que nunca ha corrido por
ninguna parte, pedacería de casas rodantes. Sociedad de desperdicios...Queda
flotando una respuesta común: "pus qué quiere usté, aquí stamos ya,
diantes tábamos pior y como sufrir sí sabemos, ps yaquí nos quedamos".
Sólo en la India en Tanzania, en Etiopía y en Haití vi tanta incuria y pobreza
y desesperanza tanta.
Es obvio que al novelista y
escritor le impresionó el crecimiento sin control de la ciudad, los numerosos
asentamientos humanos que en esta época seguían estableciéndose en Tijuana y
ocupaban los espacios más escabrosos de la topografía urbana, carentes de los
servicios más elementales y con viviendas precarias, sin servicios y
construidas en un alto porcentaje con materiales de desecho. Sin embargo, el
fenómeno social que describe Garibay estaba muy distante de la pobreza crónica
o estructural de Tanzania o Etiopía. La situación respondía más bien al
acelerado proceso de crecimiento de la ciudad y la incorporación -ciertamente
azarosa- de la población migrante, principalmente, a la estructura urbana de la
ciudad. Era un periodo de tránsito y de inserción de amplios contingentes de
población en el mercado urbano de una ciudad que, prácticamente a partir de
estos años, inicia una de sus etapas más importantes de expansión.
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